Ajax 0 - Real Madrid 4

El magnífico partido del Real Madrid en Amsterdam sólo dejaría buenas sensaciones si no fuera por la trapacería del final. Y por ella empezaremos (nosotros y el mundo, me temo) cuando lo lógico hubiera sido arrancar con el elogio de todo lo anterior. El caso es que en los últimos cuatro minutos de un brillantísimo encuentro, personal y colectivo, Xabi Alonso y Sergio Ramos provocaron su autoexpulsión de un modo tan evidente, tan pueril y tan similar que nos descubrió la maquinación de Mourinho, única mente capaz de tramar algo así y mantener la impostura horas después.

Mientras escribo todavía escucho al entrenador negar el plan y criticar al árbitro por tener el gatillo fácil. Su discurso es la continuación de la fingida indignación que le causaron las expulsiones, lanzamiento de botella incluido. Como interpretación, impecable. Como rentabilidad, también. Xabi y Ramos (peores actores) se libran de la amenaza de una nueva amarilla que les podría dejar fuera del primer partido de octavos. Como imagen, si esto le importa a alguien, penosa.

Pero rescatemos el fútbol. Hagamos el ejercicio de juzgar al equipo sin mirar al banquillo. Lo que se observa entonces es formidable: compromiso, energía, velocidad. Lo que sueña todo entrenador: once cuerpos comportándose como uno solo y Cristiano como cuerpo de referencia. Nos encontramos ante un Madrid tan grande que ya se le quedan pequeños los adjetivos y se le acomoda mejor La Canción del Pirata (dicho sea sin señalar), con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela.

No es broma ganar por 0-4 al Ajax en su estadio. Y el mérito no se atenúa por la menor versión del rival, lejos de sus mejores tiempos. Campos así sirven para marcar el territorio y para mostrarse al planeta, para ganar fieles, especialmente entre los que se retiraron a sus aposentos antes del minuto 86.

Lo conseguido, además, tiene el valor de haber sumado al once titular y fantástico a jugadores como Benzema, Lass, Albiol o Arbeloa, que pasaron, según el caso y por momentos, del notable al excelente. Sólo Pedro León desperdició de nuevo la oportunidad de reengancharse. Vista mil veces su finísima calidad, lo suyo es un problema de demonios internos que debería invitar al desalojo.

Terapia.

Los dos primeros goles del Madrid fueron terapia para el regimiento de reemplazo. En el que abrió el marcador, Özil pegó un taconazo de evocaciones gutistas culminado por Benzema con un remate a la escuadra. En el segundo, Arbeloa se sacó del alma el zapatazo perfecto, cada músculo aplicado a esa percusión.

Los dos siguientes goles fueron de Cristiano porque de ese modo se reparten los porcentajes. Su gol 50 como madridista lo marcó a pase de Di María y por pura convicción. Fue metadona para su ansiedad. El otro lo anotó de penalti y le permitió más sutilezas, templadito y por el centro. Sospecho que el día que marque cinco goles en un partido (está por llegar) el mejor será el último.

Fuente: As.com

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Noticia enviada por: Cop

Noticia publicada: 24-11-2010

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