Real Madrid 0 - Barcelona 2

Debe ser cierto que el Barcelona ya no es el de la pasada temporada. Por eso ganó únicamente 0-2. Lo inquietante es que un año después el Madrid sólo haya reducido la diferencia entre ambos en el cómputo de goles negativos. Esta es la medida verdadera del aspirante. Consolarse en las estadísticas del campeonato es refugiarse en los engañosos resultados de una Liga que se ha partido desde el segundo puesto, dejando un cuerpo en la tierra y la cabeza en las estrellas. Lo constatable, más allá del hermoso papeleo, es que el Madrid ha fracasado en todos los encuentros decisivos que ha disputado esta campaña: Alcorcón, Lyon y, ayer, Barcelona.

Digo decisivos y habrá quien me rectifique para recordarme que en la Liga todavía restan 21 puntos. Es correcto. Y es fácil que el Barça, enredado en la Champions, sufra distracciones que vuelvan a igualar el campeonato. Sin embargo, sería bueno que en el Madrid alguien advirtiera que, sea cual sea el desenlace de esta intriga, se está circulando por campo a través. Es imposible alcanzar al Barcelona, igualar su autoridad moral, por otro camino que no sea el buen fútbol, el mejor fútbol.

Y el Madrid, ocho meses después, sigue sin jugar bien. Se observa cuando gana y resulta evidente cuando pierde, cuando se le plantean problemas que no sabe resolver. Anoche, por ejemplo. No hablamos, esta vez, del rutilante Barcelona del 2-6, tal vez imparable. Este fue un partido distinto. Tuvo que cocerse durante muchos minutos, hasta que, liberado de las cadenas, el tapete quedó a merced de quien pusiera el fútbol. Y lo puso el Barça, ya se sabe.

Pero hubo tiempo para imaginar otro orden mundial. El hecho es que, hasta el gol de Messi, la primera parte estuvo equilibrada en fuerzas y precauciones. Tanto Madrid como Barcelona (sus respectivos técnicos, más bien) parecieron más atentos a protegerse que a atacar. Ocupados ambos en alejar el balón de la portería propia, el partido se jugó en una franja de 30 metros donde coincidían las presiones de unos y otros sin que aquello tuviera otra utilidad que chocar músculos y armaduras.

Fue esa obsesión inicial por resguardarse la que hizo que Guardiola cambiara el sistema adelantando a Alves y situando a su espalda a Puyol, en previsión, se supone, de las internadas de Cristiano. El ajuste debió ser fruto de profundas reflexiones, pero no se advirtió efecto alguno.

Laberinto. De tan intelectualizado que estaba el partido se generó una situación de tablas, cada equipo en un laberinto. Con Messi de delantero centro, el Barcelona ganaba muchas cosas pero perdía un delantero centro. Y sin un ariete que amenazara a los centrales, de poco o nada servían las aperturas por banda a Alves o Pedro, únicos respiraderos que encontraba el visitante. Llegar tocando entre semejante multitud se antojaba, al mismo tiempo, una solución y una misión imposible.

El impulso del Madrid (impecable Pellegrini en el dibujo técnico: bonitas rectas, preciosas paralelas), se reducía a los arreones de Cristiano o Marcelo, siempre lanzados desde un robo de balón, pero casi nunca protagonistas de un movimiento colectivo.

Llegados a ese punto pensamos que en cuanto se rompiera algo se desmontarían los castillos. Y algo comenzó a quebrarse cuando el Barcelona reclamó airadamente la expulsión de Xabi por una jugada como tantas. Por algún extraño motivo, ese ruido, tan habitual en los partidos que rugen, rompió la concentración del Madrid.

Cuando quiso reaccionar ya tenía el puño en la mandíbula. Mientras el anfitrión se recomponía, el Barcelona puso en juego una falta con rapidez, Messi la pidió, Xavi la tomó, se miraron y se entendieron. Fue una pared exquisita, de las que vuelan por encima de la defensa, tan maravillosamente controlada por el pecho de Messi que todavía buscamos el brazo que le ayudó. Cero a uno.

El problema, para el Madrid, es que no le cayó sólo un gol, sino el pasado de golpe. De pronto, recordó un complejo. Y cuando quiso inyectarse el antídoto no encontró a Cristiano por ninguna parte. Piqué le había desmoralizado en dos carreras que fueron dos Juegos Olímpicos. En ambas se llevó el balón el central. En otras apariciones Cristiano se enredó en egoísmos, o disparó de lejos o sintió la soledad de un hombre contra un equipo. Con esa ventaja cuenta Messi.

Reacción. Sólo quedaba esperar el toque de corneta al que recurre el Madrid en el Bernabéu, la heroica de las segundas partes, la conjura que se desencadena al percibir el picor de la soga en el cuello. Pero no llegó. Quizá porque esas hazañas también son ligueras, terrenales, inaccesibles contra equipos de primer nivel en momentos de máxima exigencia.

El caso es que Pedrito marcó el segundo gol al culminar un pase en profundidad que pilló al Madrid adelantado. A nadie sorprendió. Aquel era el partido del Barcelona, por fin con espacios, por fin con Alves de lateral, por fin Messi con campo, acariciando dos goles que salvó Casillas.

Al Madrid sólo le quedó la dignidad. Chutó cuanto pudo y Van der Vaart disfrutó de la mejor ocasión al encarar a un Valdés que se confirmó magnífico y seleccionable. Ya estaba Guti sobre el césped (suyo fue el pase) y no tardaría en entrar Raúl, cuyo efecto es más racial que táctico. También Benzema tuvo minutos, aunque su cambio por Higuaín se recibió agriamente porque se entendió político. Nada había hecho Higuaín (volea al cielo), pero el público reconoce sus méritos y no distingue los del francés. Y la cosa se puso peor cuando el árbitro anuló un gol a Raúl por manos (manazas) de Benzema.

El partido terminó sin mucho drama y al comparar las caras de unos jugadores y otros advertimos un trauma que pensamos exclusivo del baloncesto.

Fuente: As.com

Todo sobre el partido en el FORO.

Noticia enviada por: Cop

Noticia publicada: 11-04-2010

Noticia En Fútbol vista: 1481 veces

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